à le doy la espalda/ y algo me pellizca el pecho/ como si ciertos espacios/ no estuviesen/ para volver/ otro día.Esa misma sensación de precariedad milagrosa es la que recorre subterránea todo el libro, pues sus poemas son también destellos de una convulsa belleza a punto de evaporarse en nuestras manos. Porque aquello que logra pellizcar lo trascendente nunca se queda quieto: es algo que acontece; una oruga común y fascinante, el chillido de un pájaro que nos destroza. Momentos inasibles y, por ello, abiertos a plenitudes efímeras. De punzante nostalgia.Como en Mujica, Glück o Guillén ùinvocados con fértil lucidez por la autoraù, encontramos una poesía tan destilada y simiente que vuela con la luz y luego se desploma hacia sus sombras con idéntica presencia y atención, en un tiempo pretérito. No hay ansia de captura, solemnidad o cierre; hay una afinación profunda, de feroz ternura y honesta sensibilidad para vibrar en sintonía cruda con el mundo y todo lo que está y es-siendo en él. Para acercárnoslo al oído y atravesarnos, desnudos, hasta el hueso.